jueves, 18 de junio de 2009

UN AÑO SIN ATAHUALPA


El pasado 15 de junio se cumplió un año del asesinato del joven viedmense de 19 años, Atahualpa Martínez Vinaya. Ese día más de medio millar de personas acompañaron la marcha que volvió a pedir justicia por un crimen que continua impune.

A partir del asesinato de Ata, comenzó a organizarse un grupo de jóvenes de las escuelas secundarias de Viedma que se denominó Crece desde el Pie. El grupo interviene activamente en la ciudad a través del arte (obras de teatro) y el debate sobre la situación de los jóvenes (la noche, las adiciones, la marginación y la discriminación). Son una clara muestra de que el dolor también puede movilizar. También puede activar práctica de resistencias nuevas.

A continuación presentamos aquí una entrevista colectiva realizada al grupo de jóvenes Crece desde el Pie realizada por una periodista y docente del CURZA.

Crece desde el Pié

“…un espacio que es lugar donde la palabra del otro nace, donde agarra su modo, la manera de nombrar la injusticia, la explotación, el desprecio, la represión, la discriminación, el dolor y también su manera de nombrar la lucha, la resistencia, el no dejarse, no rendirse, volver una y otra vez sobre lo que nos pertenece legítimamente: la democracia, la libertad y la justicia”.

Subcomandante Marcos

El grupo de jóvenes Crece desde el Pié nace en Viedma a partir del asesinato de Atahualpa Martínez Vinaya en junio de 2008. La actividad del grupo y la palabra de los jóvenes sobre el proceso vivido nos acercan a los sentidos presentes sobre la justicia, la relación con los adultos y la participación en los espacios públicos. Se cumple un año de la muerte de Atahualpa y este texto pretende dar a conocer la experiencia de un grupo de jóvenes que venciendo el miedo, busca un nuevo espacio de participación e incidencia en la ciudad.

El grupo, que se llamará Crece desde el Pié unos meses después, se inicia por la muerte en la calle de un joven de 18 años a causa de un disparo en la espalda. Atahualpa vivía en el barrio Lavalle, una zona popular de Viedma. Cursaba el último año de la escuela secundaria y quería estudiar medicina en Cuba. Era reconocido entre sus compañeros por su solidaridad y su compañerismo. Descendiente de Aymaras por parte de su madre, y Mapuches por parte de su padre, el rostro aborigen de Atahualpa rápidamente se convirtió en un icono en Viedma de la lucha contra la violencia y la muerte de jóvenes en los espacios públicos.

“Yo perdí un compañero”

Para algunos de los integrantes, el asesinato significó la muerte de un compañero de la escuela. Otros jóvenes se sumaron al grupo, antes que tuviera un nombre, para solidarizarse por la muerte de un joven de manera violenta y confusa. Para Tatiana, una de las integrantes, el comienzo del grupo marcó su rumbo posterior. “Yo perdí un compañero- dice-, Atahualpa Martínez, y a partir de eso el director de la escuela nos dio actividades para que nosotros nos desahogáramos. Nos llevaron psicólogos y en una de esas actividades se nos ocurrió compartir el tema de la inseguridad, la violencia que había y la injusticia con otros jóvenes. Entonces el director hizo una nota e invitó a todas las escuelas que se quisieran sumar. A las reuniones comenzaron a ir chicos de distintas escuelas…y ahí es donde arrancó todo”.

Prepararse para esa reunión implicó una primera forma de organización, y una primera forma de hacerse presente en lo público con otros jóvenes y adultos. Sebastián recuerda: “nosotros decíamos ¿qué vamos a hacer, que vamos a tratar?”. Ahí comienzan a encontrar en la Red Adolescencia Viedma, especialmente en Patricia, una psicopedagoga del hospital local, un adulto que los ayudara a enfrentar esa etapa que comenzaba en medio del dolor y el desconcierto. “Ahí es cuando conocí a Pato -recuerda Sebastián- que me dijo si era necesaria su participación. Y yo le deje sí. Porque yo no sabía qué hacer parado ahí enfrente”. Esa reunión fue un primer reconocimiento con otros jóvenes de la ciudad que iban a formar parte del grupo. “El primer día éramos poquitos pero después cuando veíamos que había una química entre todos los chicos que estábamos interesados…pensamos…acá seguramente surge algo” recuerda Sebastián.

La escuela fue el primer lugar donde comenzaron las reuniones, incentivados y/o desanimados, en algunos casos, por directores y profesores. El director de la escuela donde asistía Atahualpa fue, para los jóvenes, un importante apoyo. Otros docentes, les decían que era un pérdida de tiempo, como lo cuenta Sebastián: “Como teníamos profesores que nos dijeron que realmente nos felicitaban por lo que estábamos haciendo, teníamos otros profesores que nos decían que era una pérdida de tiempo. “El año que viene se les va a pasar, los de arriba no los van a escuchar”, nos decían. “O nos decían que nos uníamos a reuniones para perder horas de clase”, agrega Tatiana. Sebastián dice que “hay personas que cuando ven que un grupo realmente se interesa por cambiar lo que está sucediendo, te desaniman, te tiran abajo, te dicen no te preocupes que va a seguir todo igual”.

“Lo mataron por Boliviano”, nos decían.

Luego de las primeras semanas el grupo fue conformándose con chicos de la escuela donde asistía Atahualpa, y de otras escuelas. Uno de los ejes de las discusiones era la seguridad de los jóvenes en la noche de Viedma. A Atahualpa lo habían sacado del local nocturno donde estaba con su amigo y luego lo encontraron muerto en un escampado de la periferia de la ciudad.

El grupo se forma, dicen los jóvenes, desafiando las fronteras que imponen los gustos musicales y las clases sociales, básicamente. Al comenzar a participar de charlas, surgieron espacios donde fue importante romper con las distintas discriminaciones que están presentes en los discursos de los mismos compañeros. Sebastián recuerda: “Nos tocó estar en el debate-con chicos de otras escuelas- y sentir la forma de discriminación de ellos a nosotros. Porque nosotros dijimos, bueno, no importa, vinimos a aprender cosas nuevas, y después aprovechamos a invitarlos a una marcha y repartirles los papeles a ellos. A los dos segundos los abollaban y los tiraban. Y nosotros decíamos…pendejos de qué se las viene a dar, que tienen plata y no quieren ayudar ni ir a una marcha. También escuchamos decir,”lo mataron por boliviano”, o “algo habrá hecho”, o lo mataron “porque estaba en –la toma de tierras- del 30 de marzo”, o porque “estaba tomando un terreno” o porque “vivía en ese barrio”. Eso también lo escuchamos de chicos”.

“Ellos tenían mas miedo que nosotros”

Un hecho que marcó al grupo fue la participación en el Consejo de Seguridad de Viedma que se reunió para tratar la situación de la “seguridad” en la noche. Crece desde el Pie decidió participar de ese espacio, para llevar su visión sobre la problemática. Para esto realizaron talleres, coordinados por integrantes de la Red Adolescencia Viedma para trabajar lo que al principio se expresaba confuso en la palabra “seguridad”. Sebastián recuerda: “nos animaban y nos daban tareas para juntarnos con chicos de otras escuelas que no conocíamos, para debatir y exponer lo que pensábamos en un afiche. Después lo presentamos como grupo en una exposición”. Eugenia dice que “era como un árbol de problemas. Hacíamos causas, consecuencias y proyectos, posibles soluciones; y así el tema se abrió más”. Decidieron organizarse para conocer las ordenanzas, entrevistarse con un comisario, hablar con los “patovicas” de los boliches.

Cuando comenzó la reunión en el Concejo Deliberante del Consejo de Seguridad, los jóvenes organizaron el salón para que la centralidad estuviera puesta en los afiches que expondrían y no en los concejales. “Ahí –dice Leroy- es donde nosotros hablamos que la inseguridad hay que resolverla desde la base. Es decir, ¿Por qué es insegura la sociedad? Porque hay odio, porque no hay amor, porque hay desigualdad. Porque ellos quieren resolver el tema de la inseguridad diciendo que los chorros están en el barrio Lavalle. Yo le dije, he caminado muchísimas veces por el barrio y a mí nadie me tocó un pelo”.

Algo estaba claro en las reuniones, para los que conducían el Consejo de Seguridad, era necesaria más presencia de la policía, y para los jóvenes eso generaba mayor sentimiento de inseguridad en la noche. Al principio se organizaron para que los que “hablaban mejor”, explicaran el contenido de los afiches que habían realizado. Luego terminaron hablando todos. Ligüén dice “cuando vimos que hablábamos mucho mas que ellos, era como enfrentarme a alguien pequeño. Era como que nosotros avanzábamos más porque teníamos las cosas bien en claro y ellos todavía era como que no estaban conscientes de qué estaban haciendo ahí. Nosotros estábamos bien conscientes que íbamos a reclamar lo que le corresponde a la sociedad y que ellos tienen que hacer su trabajo”. Para Leroy en el Concejo Deliberante se pusieron en paralelo dos cosas: lo que los concejales querían y lo que ellos pensaban. “Nos interpretaron mal o no nos querían interpretar lo que nosotros queríamos decir. Pero lo más importante fue la calidad humana que hay en el grupo, los afiches, lo que se discutió, lo que dijimos. Más allá de ellos, del secretario de gobierno, de los distintos concejales que nos tomaron el pelo, se tomaron las cosas a la ligera, como que era, nada, cosa de chicos”. Sebastián dice que le dio “bronca”, porque él le estaba hablando “de la policía, del abuso de poder… le hablaba serio y el hombre se paró y se fue!”. Tatiana dice que siempre recordará la frase de Juan Lucas en el Concejo Deliberante: “a mí me aterroriza que jóvenes de mi misma edad no quieran hablar del amor”.

En la reunión se presentaron dos posiciones. Por un lado los adultos del Consejo de Seguridad que veían deslegitimada su posición –ordenanzas que no se cumplen, el Estado que protege a empresarios de la noche-, y por otro los adolescentes que desafiaban la incoherencia de ese mundo adulto.

“Nunca pensamos que nos tocaría a nosotros caminar”

La participación del grupo en los espacios públicos fue, al comienzo, las marchas por el esclarecimiento del crimen. La mayoría de los jóvenes cuentan lo que les costó, y les cuesta, romper con los miedos que tienen los padres. El miedo remite a los años de dictadura militar en Argentina, que siguen operando en el imaginario. “Yo creo que hay un miedo que es natural – dice Ligüén-, que viene de la época de la Dictadura. Si vos vas a reclamar lo que te corresponde, si vas a pedir justicia, te va a pasar algo. O te va a pasar lo mismo que le paso a Atahualpa”. Para Sebastián es importante que, a pesar de los miedos, su madre y su padre lo acompañen. “Mi viejo no participa de esto –dice- , pero me acompaña, me apoya todo el tiempo”.

La mamá de Eugenia no quería que vaya a las marchas y ella iba igual. Recuerda que su padre le decía “vos, en cualquier momento, si seguís así, te va a pasar lo mismo” pero ella sigue marchando. Los padres de Sebastián tenían miedo que quede “fichado” en las marchas. “Mis viejos me decían- recuerda- , “no podes ir ahí porque te tienen fichado y te va a pasar lo mismo a vos”. Peleábamos mal y yo iba igual, hasta que se acostumbraron. Pero fue en las marchas con los chicos que decíamos, ¿que estamos haciendo acá? Fue tremendo. Nunca pensamos que nos tocaría a nosotros caminar”.

Cuenta Ligüèn que al principio tenían miedo a caminar solos, pero reconoce que ese miedo es el que proviene “desde la Dictadura”. Y lo que quieren es que no haya miedo, porque a pesar del miedo y la desprotección que les genera la muerte de un joven en la calle sin motivo y sin culpables, ellos y ellas pudieron sortear ese miedo gracias a caminar juntos. “Siempre va a haber alguien que esté –reflexiona Ligüén- …si te pasa algo siempre va a haber alguien… en este grupo, si nos pasa algo, no nos vamos a quedar solos, eso está clarísimo. Si nos pasa algo vamos a seguir todos. Lo que queremos es que se sume más gente y cambiemos el tema de por qué siempre tiene que haber la misma gente en las marchas. ¿Por qué no se junta más gente? La gente del barrio, de cualquier lugar”.

Salir a la calle, movilizar, hablar por los medios, organizarse, fue hacerse visibles en el espacio público. Y eso lleva sus riesgos. Como si fuera mejor vivir en la ciudad con cierta invisibilidad, sin levantar sospecha. Caminar junto a otros y reclamar fue un proceso que iba rompiendo los miedos de los padres y los propios. Los jóvenes pueden valorar que a pesar del miedo, los padres los apoyaran. “Entonces que nuestros padres nos dejen venir y puedan romper con ese miedo, está buenísimo, eso es un gran apoyo” dicen.

La derrota del miedo

Al hacerse visibles en la escena pública, el grupo comienza a plantear que la “inseguridad” no se soluciona con mayor cantidad de policías en la calle, enfrentando de esta manera uno de los principales nudos de sentido que construye este sistema: a mayor “inseguridad”- mayor policía. Como el miedo a caminar en las marchas, también se expresa el miedo a transitar la noche. Los funcionarios, empresarios y medios mayoritariamente anudaban este sentido a la “violencia en los jóvenes” producto del consumo de alcohol y drogas. En sus discursos, el grupo de jóvenes decía que la violencia no era una causa de la inseguridad sino una consecuencia de otras relaciones violentas que genera esta sociedad.

Rápidamente los discursos de los medios y los dueños de los locales nocturnos comenzaron a denominarlos como el grupo que “quiere que se cierren los boliches”, o “los que no quieren que se consuma alcohol”. Las radios de los mismos locales fueron las principales voceras de esto. “Como nosotros habíamos planteado todo este tema de los boliches y la inseguridad -dice liguen- decían en la radio que nosotros queríamos cerrar los boliches, entonces también como escuchan chicos la radio esa, también nos puso en contra a los mismos jóvenes. Eugenia recuerda que les decían “¡queremos nuestros derechos!”. En la radio propiedad del boliche decían: “los chicos de la ordenanza pónganse las pilas, qué quieren, ¿quitarnos los boliches?”. Sebastián recuerda que el mismo locutor los incentivaba y les decía a sus oyentes “abran los garajes y hagan la previa ahí, tomen ahí en casa y después vengan para acá a bailar”.

Funcionarios, empresarios y medios de comunicación fueron tejiendo los sentidos con los cuales enfrentaban a este grupo con otros adolescentes. Los jóvenes que habían comenzado con el pedido de esclarecimiento del caso Atahualpa, al tener una voz pública se animaban a poner en debate los intereses de estos grupos. Se los escuchó decir a los jóvenes en el Concejo Deliberante que la policía en lugar de garantizar la seguridad, generaba mayor inseguridad; que son esos mismos policías los que hacen horas extras como “patovicas” y violentan a los mismos jóvenes. Que los funcionarios no hacen cumplir las ordenanzas que afectan los intereses de los empresarios y que para los dueños de los locales los adolescentes son sólo “billetes caminando”.

Quizá como respuesta a estas identidades impuestas, el grupo comienza a pensar un nombre para identificarse. Eligieron “Crece desde el pié” en una jornada de taller. En ese momento el grupo iba definiéndose con reuniones periódicas fuera de la escuela, conociendo otras personas que colaboraban. Hicieron una campaña con volantes y spots radiales en las que plantearon lo que consideraban los puntos más importantes en relación con la seguridad. La Red Adolescencia colaboró en estas instancias en las que la escuela ya no era el principal actor institucional. En esta etapa se presentan en eventos de la ciudad con los materiales que habían producido. Luego comenzaron a realizar un taller de teatro en el cual crearon una obra que fue presentada al cumplirse 6 meses del asesinato de Atahualpa. Seis meses en los que se cumple un ciclo que queda abierto. No sólo porque el asesinato de Atahualpa Martínez no fue esclarecido, sino también porque muchos de los integrantes de Crece desde el Pié finalizaron sus estudios secundarios e inician una nueva etapa.

La muerte de Atahualpa fue el comienzo de un camino que se inició con pasos lentos en las marchas, pero se hizo palabra y acción en un proceso que continuará siendo aprehendido por los integrantes del grupo. La Red Adolescencia acompañó estas iniciativas de los jóvenes y permitió un duelo que logró derrotar el miedo. Como dice Paulo Freire, “no puede haber palabra verdadera que no sea un conjunto solidario de dos dimensiones indicotomizables, reflexión y acción. En este sentido, decir la palabra, es transformar la realidad. Y es por ello también por lo que el decir la palabra no es privilegio de algunos, sino derecho fundamental y básico de todos los hombres” (y las mujeres).

Cristina Cabral
Viedma, 23 de diciembre de 2008


Gentileza Radio Encuentro